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Cómo es que llegamos a Trump

Cómo es que llegamos a Trump

Están convencidos: el sueño americano se rompió y hay que restaurarlo. Para ellos no hay ninguna esperanza dentro del sistema. Su vida se inserta en una narrativa de fracaso y desaliento, que Trump ha sabido capturar...
En los Estados Unidos profundo y pobre, abundan los hombres blancos desdentados, de mediana edad, con escorbuto en las encías y sueldos de 8 dólares por hora, si tienen la suerte de tener empleo. Conforman la enojada clase trabajadora que congrega el voto incombustible de Donald Trump.
La socióloga Arlie Russell Hochschild vivió cinco años entre esos trumpistas, en Luisiana caminó y comió con ellos, fue a sus iglesias y a sus fiestas, vio sus álbumes familiares, visitó las casas donde nacieron y los colegios donde asistieron, entrevistó a 60 de ellos, y, a partir de esa experiencia, planteó una narrativa de desesperanza en la que se sintieran representados:
Imagina que estás de pie, esperando tu turno pacientemente, en medio de una larga fila que se extiende hacia el horizonte, donde el sueño americano espera. Pero a medida que esperas, ves gente que se mete en la fila delante de ti. Muchos de quienes se adelantan son negros beneficiarios de la acción afirmativa o de la asistencia social. Algunas son mujeres profesionales, pujando por puestos de trabajo que nunca tuvieron antes. Luego ves a los inmigrantes, los mexicanos, los somalíes y los refugiados sirios que aún están por venir. Mientras esperas en tu puesto, inmóvil, te piden sentir compasión por todos los que se te adelantaron. Tienes un buen corazón. Pero ¿quién decide por quién debes sentir compasión? Luego ves el presidente Barack Hussein Obama impulsando a quienes se han puesto delante en la fila. Él está de su lado. De hecho, ¿no se puso él también delante? ¿Cómo este chico negro, sin padre, pudo pagar Harvard? Mientras esperas tu turno, Obama está usando sacando dinero de tu bolsillo para ayudar a los que se han puesto delante. Él y sus partidarios liberales han desterrado la vergüenza de acogerse a la beneficencia estatal. El gobierno se ha convertido en un instrumento para la redistribución de tu dinero a quienes no lo merecen. Este ya no es tu gobierno; es el de ellos.
La investigadora contrastó este relato con varios de los entrevistados y todos coincidieron en su acierto: “Leíste mi mente”, dice uno. “Estoy viviendo tu analogía”, expresa otro. Unos pocos sugirieron alguna modificación: “Los que esperan en línea forman una nueva fila” o “Los que están detrás pagan por los que se adelantan”.
En el artículo de portada de la más reciente entrega de Mother Jones, Russell Hochschild conceptualiza: “Esta es una narrativa de injusticia y ansiedad, estancamiento y desplazamiento, una historia en la cual la vergüenza va de la mano con la necesidad.”
Deshonor, desvergüenza y desesperanza
Luisiana es el tercer estado más pobre de Estados Unidos; 1 de cada cinco residentes pasa hambre o muere por deficiencia de los servicios de salud. Un cuarto de los estudiantes deserta de la escuela o no termina a tiempo.
En este lejano estado sureño es donde hay más jóvenes “ni-ni” en Estados Unidos, además de ser uno de lo estados donde más gente muere de cáncer, por causa de la contaminación industrial, y padece depresión, violencia doméstica y desintegración familiar.
Estos hombres blancos enojados no quieren asistencia del Estado, quieren trabajo, pero también matizan que es injusto que paguen altos impuestos y no reciban nada a cambio. Si los negros e inmigrantes tienen derecho a recibir la asistencia social, los blancos desempleados y los envejecientes también lo merecen, piensan. No admiten ser ciudadanos de segunda en su propio país.
La decreciente clase media de Luisiana lucha cada día por no caer en la pobreza, pero tiene un nivel de vida similar al que tenían sus pares en 1960 (no han avanzado), mientras que el 30% de la población claramente ha retrocedido.
Como dato significativo, un estudio de 2005 concluye que los hombres con bajo nivel educativo hacen dos actividades sustancialmente más que sus iguales de 1985 y los más educados contemporáneos: duermen más y ven más televisión.
En este segmento de hombres blancos de la clase trabajadora de mediana edad, estudios recientes han demostrado un aumento de las muertes por abuso de las drogas y el alcohol.
Quienes viven este estado de duelo emocional, ven a Trump como el macho alfa con alto nivel de estamina que hacía falta para arreglar el sistema, no sólo porque él mismo es un “millonario de la clase trabajadora”, sino porque es un experto en tornar los fracasos en éxitos. Es un ganador, en una cultura donde el peor pecado es ser un loser.
En este caldo de cultivo de radicalización y polarización sin precedentes en la política estadounidense, donde los votantes antagónicos ya no se pueden ni ver, el fenómeno Trump se ha nutrido del resentimiento contra el primer presidente negro de Estados Unidos, donde 66% de los trumpistas cree que el presidente Obama es musulmán.
Están convencidos: el sueño americano se rompió y hay que restaurarlo. Para ellos no hay ninguna esperanza dentro del sistema. Su vida se inserta en una narrativa de fracaso y desaliento, que Trump ha sabido capturar y replantear con ilusión para esta gente: Make America Great Again.
@mpena

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