ShareThis

Del baboso y otras leyendas..(jejeje me robe este articulo de Acento.com)....

José Luis Taveras
Hasta hace pocos años se entendía como babosa la persona que hablaba de forma compulsiva y banal. De hecho, el Diccionario del español dominicano (Fundación Guzmán Ariza-Academia Dominicana de la Lengua, Santo Domingo, 2013) recoge esa acepción y la define como la “persona que habla mucho y sin sustancia o de manera empalagosa”. Sin embargo, la dinámica social, tan expansiva como contingente, ha aportado nuevos contenidos al concepto, y hoy su semántica social es más genérica. Como noción sustantiva, el baboso ha evolucionado y, dentro de la cultura urbana, define un carácter cada vez más complejo y distintivo de la identidad moderna.
Según los volátiles patrones del postmodernismo urbano, el baboso además de locuaz es imprudente, presumido, indiscreto e inoportuno. Esos atributos no siempre concurren en una sola personalidad, sin embargo hay trastornos, como la borrachera, que pueden provocar una coincidencia temporal de algunos o todos. El borracho no solo habla de más, sino que en su delirio progresivo declara, sin nadie pedírselo, todo lo que sabe y tiene (o cree tener), además de perder el sentido de la prudencia hasta la necedad y vaciar sin reproche aquello que asoma a su imaginación febril. El borracho con dinero es un gracioso, pero el gracioso sin dinero es un baboso. No obstante, existen genios que reúnen de forma sobria y permanente todos los caracteres antes mencionados: se trata del baboso casto, una especie pura de apreciable fecundidad en los húmedos y fríos ambientes de la farándula política.
El baboso no nace, se hace. Así, por ejemplo, existen personas equilibradas y prudentes que devienen en babosos por imputación social. Es el caso del empresario fallido o quebrado. Esa condición en nuestra cultura es degradante e intolerada, más aun que la inmoralidad. Mientras el hombre da muestra de éxito, todo se le aplaude: sus imprudencias resultan simpáticas y aun los chistes más hoscos les son celebrados; sin embargo, tan pronto quiebra, todos lo repelen de forma casi concertada y en las reuniones sociales su presencia constituye un disolvente natural. Cuando habla, no concita atención, más bien molesta, y ante sus peroratas los contertulios suelen tragar un mudo reclamo de indignación: “¡cállate, baboso!”.
Dentro de las categorías híbridas del baboso encontramos “el comemierda”, que según el Diccionario del español dominicano es “una persona arrogante y jactanciosa”. Este espécimen, muy prolífero en nuestro decadente medio social, concilia dos atributos del baboso: la ostentación y la locuacidad. El comemierda suele presumir con lo que tiene o lo que sabe. El primero es el comemierda plástico, tipejo que cree que no tiene nada si no lo publica. Su disimulada mediocridad lo lleva a admirar a gente de poder económico y político. Es un exquisito lisonjero que presume ser amigo de los grandes a quienes tutea en ausencia. Penetra como el agua a los ambientes sociales para acreditar una estirpe tan fantasiosa como negada.  Es un dependiente maníaco y sicótico de las cámaras y la crónica rosa, por eso asiste a todos los eventos donde se agrega a los grupos más selectos para aparecer en las fotos colectivas de las revistas sociales. Aprende a jugar golf y otros deportes o aficiones aristocráticas; suele ser un curtido enólogo y habla perfecto inglés. Su proyección social lo obsesiona hasta consumirlo, por eso, además de los clubes sociales, busca con afán pertenecer a las directivas de las asociaciones profesionales y empresariales como forma de ganar espacio, oportunidades y reconocimientos. Viste de forma impecable y anda en vehículos de lujo, aunque tenga hipotecado su apartamento. Se le ve asiduamente en los ambientes más excitantes de las noches urbanas. Es el clásico profesional físicamente agraciado pero de escasas luces que se ufana de ser el médico, el arquitecto o el abogado de don fulano. A la postre, suele tener suerte porque termina casado con la hija de don Perencejo.
El otro es el comemierda sabelotodo. Este esperpento presume saber más que nadie. No tiene especialidades; su erudición lo lleva a opinar compulsivamente de cualquier tema. No discrimina medios ni espacio para demostrar que está mejor y más informado que nadie. Siempre avala sus opiniones con la manida autoridad de la “fuente”. Baila en todas las fiestas y nada en todas las aguas; pocas cosas quedan bien sin sus aportes. Tiene una sobrestimada valoración de sus capacidades y reniega la sinceridad o el talento del otro. A pesar de su autosuficiencia, este tipo de comemierda suele ser un cortesano de intereses ajenos a los que les presta hasta el alma para lustrar su ego o sacar provecho. Es más peligroso que el anterior, porque suele ser desleal.
Finalmente, se reconocen especies vecinas del baboso como son “el lambón”  y “el limpiasacos”. Según el Diccionario del español dominicano, el lambón es la persona “que tiene por hábito comer, beber o vivir a costa ajena”, mientras que el limpiasacos se define como una “persona aduladora y servil”. Como se advierte, ambas conductas son expresiones distintas del mismo servilismo que subyace en toda personalidad babosa. El lambón usa la lisonja para abrirse oportunidades en la vida del otro; es una especie de vividor. El limpiasacos adula para ganarse un favor ocasional. En otros términos, el lambón es un limpiasacos habitual; su conducta define un patrón consistente de vida. El limpiasacos exhibe un comportamiento lisonjero ocasional para lograr un beneficio particular o coyuntural. Como se advierte, ambos tipos constituyen especies parasitarias que se anidan y reproducen a la sombra de esfuerzos y fortunas ajenas. Lo perturbador es que la frivolidad social que banaliza nuestra vida es un invernadero natural para incubar y fecundar estas especies. Hoy no solo ocupan posiciones de dirección y conducción en la sociedad, sino que imponen impunemente sus patrones culturales basados en habilidades genuflexas, trepadoras, camaleónicas y mercenarias. Estamos plagados de babosos.
  

0 comentarios: