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Que el tamaño no importa?, quien dijo esa barbaridad?

El tamaño sí importa: crónica sexual de un hombre con micropene.


Me costó encontrarlo. Buscar a un hombre con un pene de tamaño inferior a seis centímetros de largo es difícil porque, aunque desde la adolescencia la mayoría se lo han medido con la regla escolar o el centímetro del costurero de la abuelita, pocos están dispuestos a revelar su tamaño por temor a no ser “lo suficiente”.
Ante esta dificultad no me quedó más remedio que acudir a una medida oficial no reconocida: el puñito. El puñito, como unidad de medida, consiste en equiparar el tamaño de la mano cerrada al de un pene erecto. Cualquier persona que haya tocado uno podrá calcular cuántos puñitos palpó friccionando de abajo hacia arriba y viceversa. Una vez establecida esta dimensión, la socialicé con un buen grupo de amistades que disfrutan contándolo todo para encontrar a ese que no llenara ni medio puñito.
Luego de muchas risas estridentes y hasta gritos de terror, apareció. Referido por una simpática ex que a la fecha lo quiere, me esperó en un barcito pretencioso cuyo nombre todos conocen. Desde el primer hola supe que había llegado a hablar con alguien que desde hace años se hizo amigo de su complejo. Pero pasó por un intento de suicidio, grandes lágrimas, vergüenza, rechazo, terapia y excelentes consejos callejeros antes de poder sentarse frente a una desconocida curiosa que deseaba publicar su historia.
Era el único que, después de educación física, se bañaba con el calzoncillo puesto y casi todas las noches de sus catorce a sus dieciséis años le rogó a Dios que le creciera lo necesario para poder quitárselo. Por eso, se volvió ateo. Bueno, luego encontró mayores argumentos, me indica risueño, pero ese fue el detonante.
No se atrevió a contárselo a nadie hasta el día que calculó mal y dejó demasiado larga la cuerda con la que se colgó. Lo que ameritaba ser una muerte segura, se transformó en un culazo fatal y en una lámina del cielo raso menos. Unas horas antes, su amigo del alma, le había llegado a contar su primera vez con lujo de detalles: vieras, mae, lo que se siente cuando va entrando…
Aguantó por curiosidad todo el relato. Él también se excitaba, igualmente se masturbaba, tenía sensaciones placenteras, pero no se atrevía a desnudarse ante nadie por considerarse diferente. Cuando su compa cerró la puerta, lloró ante la posibilidad de nunca experimentar lo mismo.
La mamá no le creyó la mentira mal diseñada sobre el daño en el techo y, dada la fragilidad del instante, se confesó escondiendo la cara entre las rodillas.
Fue al médico, a otro médico y a uno más. Probó con varios tratamientos y lo asustaron con explicaciones de intervención quirúrgica que lo llevaban a pensar en disminución en lugar de aumento. Asistió dos años a terapia con un psicólogo que no le evacuó la duda principal: ¿Cómo hago para que alguien quiera coger conmigo así como soy? Hasta que, en las gradas del parque, escuchó el chisme mágico que salvó su vida sexual.
Dos vecinas de su generación hablaban sobre un tercero diciendo: ¡No tenés idea! Ese mae es tan bueno que no necesita meterla.
¡Eureka! ¡Tierra a la vista! ¡Gol! ¡Todo junto! Ella se convirtió en su primer gurú cuando reunió el valor para preguntarle ¿qué hacía ese mae? Viéndolo desde ahora, comprende que todo lo que le compartió su vecina se resumía en una cosa: excitarla. Pensar en su cuerpo antes que en el de él. Dejar de lado la idea de que el polvo del siglo es el que lo mete media hora antes de venirse y tener la humildad de preguntar antes por gustos y fantasías.
Su placer está más por fuera que por dentro, me dice.
Estrenó cédula un mes antes de atreverse a poner en práctica tanta teoría. Moría de pánico, pero necesitaba dar ese paso para no reducir su experiencia a los dedos de la mano. La compañera le gustaba mucho, hubiese deseado que no fuera así porque ese detalle le aumentaba los nervios. En manoseos posteriores, dentro de las aulas vacías de la U, le insinuó su particularidad y a ella le dio más morbo que risa ¡Déjame verlo! Acto seguido, lo dejó con el pantalón amontonado en los tobillos para quedar de cara a sus centímetros erectos. Realizó una observación rápida y comenzó a succionarlo con cariño. Con la cabeza recostada a la pared y la boca de ella humedeciéndolo, daba gracias al valor de haberse decidido. Luego, se fascinó con lograr hacerle lo que su vecina le había detallado, hasta que se acercó el guarda y tuvieron que huir.
Repitieron varias veces después de esa tarde. Así superó el miedo de quitarse la ropa frente a alguien.
Sin embargo, no todas sus experiencias han sido agradables. Una vez una muchacha le estaba practicando una felación buena que se alargó mucho, aunque no era algo para quejarse, le extrañó. Sí, guapa, se va a quedar de ese tamaño… tuvo que decirle para que no se siguiera esforzando.
Es que el tamaño sí importa. Me dan ganas de darles con un bate por la cabeza a los sexólogos que se atreven a afirmar lo contrario. De no importar, yo no habría sufrido tanto. Es culturalmente importante. Salís a la calle y te enfrentás a una manada de prejuicios que tenés que ir superando como si fuera una carrera de obstáculos. Nadie te dice que si no la tenés grande y gruesa, sí vas a poder coger y generar satisfacción porque el acto no se centra en una sola cosa. No te educan para comprender que tu cuerpo no tiene porqué cumplir un formato para legitimar el derecho a sentir placer. Ahora lo sé, pero hubiese deseado que me lo dijeran desde que estaba en el cole.
Cuando estábamos por terminar la charla coincidimos que, en esta Falocracia, el placer está cautivo por la forma.
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*Créditos de la ilustración destacada: Zelina Fontana Zeledón.

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