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Un artista aislado del arte

Un artista aislado del arte

El Museo Reina Sofía dedica una muestra de 300 objetosa un creador norteamericano sordomudo y analfabeto

PEIO H. RIAÑO MADRID 16/05/2011 08:00

El artista.

El artista.

James Castle no hablaba ni oía. No sabía escribir y no tuvo una formación artística académica. Pero fruto de una frenética actividad artística acumuló cerca de 200.000 objetos. Los agrupaba en tamaños similares, los envolvía en tela y papel y ataba con cuidado. Les hacía cajas a medida y los guardaba lejos de la vista de los curiosos, en vigas o en edificios abandonados. James Castle murió en 1977, a los 78 años de edad, llevaba casi siete décadas sin dejar de envolver, embalar, atar, anudar, enfundar, cubrir, liar, enrollar. Jamás salió del entorno familiar y pintaba sobre material reciclado con una mezcla de su saliva y hollín de estufa.
James Castle se construyó una isla para no recibir a nadie, pero no paró de lanzar botellas bien protegidas contra la rotura. ¿Mensajes de socorro, reclamos o qué? Dicen que la creación también es un diálogo, una intención de comunicación, un lenguaje. En este caso, una salvación. Hacía libros, cuadernillos, folletos, álbumes, dibujos encuadernados como libros, cubiertas de libros hechas con cajas de cerillas. Para un analfabeto y sordomudo como Castle el mundo del libro no tenía secretos. Hacía abrigos, chaquetones y gabanes de cartón rígido, cosidos con bramante y cuerda. Dibujaba vistas interiores de su casa, dibujaba paisajes sobre envases, folletos comerciales, panfletos religiosos, facturas, sobres usados, cartones de helados, cajas de cerillas y los trabajos escolares de sus hermanos.
Jamás salió del entorno familiar y pintaba sobre material reciclado
"Son dibujos bonitos. El hollín les aporta un tono mate, suave. Una rica gama de grises. El trazo es firme pero tiene un aire relajado. Son fieles pero no esclavos ni mecánicos. Están hechos a mano alzada con un sentido equilibrado de la composición. Son sensibles. Y pese a sus superficies abarrotadas, de gran densidad temática, son serenos. Son tranquilos", cuenta la fotógrafa Zoe Leonard con motivo de la exposición que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía inaugurará el próximo miércoles: James Castle. Mostrar y almacenar, comsariada por Lynne Cooke, subdirectora de conservación, investigación y difusión del museo.
La selección de 300 obras del artista norteamericano plantea de nuevo un dilema que ya había presentado el director del museo, Manuel Borja-Villel, hace un año, con la exposición dedicada al pintor esquizofrénico Martín Ramírez: ¿dónde está la separación de las bellas artes y el arte popular? ¿Qué vigencia tienen los discursos canónicos? "La necesidad de esta exposición reside en la puesta a debate de los preceptos excesivamente cientifistas (casi de entomólogo), planteadas desde una posición de superioridad. Se ha asumido, de manera automática, que el artista autodidacta carece de compromiso con su producción, de proyecto específico, en definitiva, de consciencia", explica en la presentación del catálogo de la muestra el propio Manuel Borja-Villel.

Déficit manual

Por su parte, Lynne Cooke observa los diversos grados de refinamiento técnico en los gouaches, como en otros apartados de sus trabajos. "Parecen determinados por los peculiares efectos expresivos que buscaba, más que por un déficit de destreza manual", dice la comisaria. Añade la especialista el asombro por la precisión con la que trabajó Castle, que apenas realizaba revisiones o reelaboraciones de sus obras. "La mayoría de los dibujos y construcciones parece haberse realizado en una sola sesión", explica Cooke subrayando la unidad e identidad de los trabajos.
A pesar de la intensa actividad que mantuvo, Castle no tenía por costumbre enseñar su obra, aunque mostró un énfasis determinante en enseñar-la a sus familiares y conocidos. No concedió entrevistas (nadie lo reclamó como artista nunca en vida), no escribió sobre su método de producción (ya hemos señalado su analfabetismo), así que poco se sabe de sus técnicas. Es un artista reciente, tres décadas después de su muerte.
Apenas hace tres años, el Philadelphia Museum of Art le dedicó una gran retrospectiva, de la que es heredera esta del Reina Sofía, que viajó posteriormente a Chicago y Berkeley, en la que se analizaba su contexto familiar y su biografía como instrumento interpretativo. Fue su bautismo como artista de artistas, aunque fue en el año 2000 cuando su obra entró por primera vez en el circuito comercial del arte contemporáneo, con muestras organizadas en Nueva York y divididas en tres categorías: dibujo, construcciones y libros.
Borja-Villel: "Se ha asumido que el autodidacta carece de consciencia"
Antes, en vida, el artista, aunque mantuvo en secreto sus trabajos, no pudo reprimir el impulso de enseñar, a menudo, los dibujos a sus familiares. En la soledad comisarió sus propias exposiciones e ideó complejas presentaciones de su obra. Además, dibujaba las instalaciones de su obra en otras exposiciones improvisadas. Esas imágenes son los dibujos más refinados de Castle. Imaginaba igualmente sus cuadros en las paredes de la residencia familiar, junto a retratos, adornando el piano, por ejemplo.
Precisamente, esta labor de muestra y almacenaje a la que se dedicó Castle aporta la estructura de esta retrospectiva del Museo Reina Sofía, con vitrinas poco profundas, que recuerdan a los archivadores planos. Hay grandes grupos de obras (organizados por temas y medios), inventariadas como un sistema de archivos. Frente a este tipo de almacenamiento están los dibujos, mostrados con marco y paspartú, así como las construccio-nes, montadas en vitrinas. La instalación enfatiza la visión doméstica de Castle, el habitante de un mundo tan íntimo que prefirió la estrechez de la destrucción a la compasión de la Humanidad.

El mundo de un solitario

Alfabeto
James Castle dibujaba las letras de los alfabetos latino, cirílico o griego. No escribía: dibujaba palabras. En realidad no sabía escribir, sólo copiaba símbolos, pero los utilizaba como lenguaje. Castle tomaba los modelos de textos impresos, no de manuscritos, por eso aparecen representados en mayúsculas de imprenta. Tipografías con precisión, algo muy cercano a la abstracción.
Bibliófilo
Castle hacía libros. Muchos, centenares. A escala ínfima y los encuadernaba con materiales que tenía a mano, como cartón reciclado, cartones o cajetillas, incluso, cajas de cerillas. No son cuadernos de bocetos. Si reutilizaba libros existentes, dibujaba en todas sus páginas ocultando gran parte del contenido original de las mismas, pero también conservando elementos gráficos de la maqueta anterior.
Doméstico
Los dibujos de Castle son los dibujos de un habitante, no de un turista. Son el retrato de un mundo mirado con detenimiento, la intimidad de la costumbre. La visión cotidiana de sus propios lugares.
Enigmático
Nadie que haya escrito sobre James Castle se habrá topado con él. Durante su vida, no se dedicó a ninguna actividad ocupacional distinta del arte, que mantuvo en secreto. Su sentido para los materiales no proviene de una historia del arte tradicional ni de aprendizajes artesanos; es consecuencia del conocimiento autodidacta que fue refinando con el tiempo y un agudo pragmatismo que le llevó a reciclar materiales una y otra vez. Intuitivamente, creaba las herramientas y los medios necesarios para ello. Apenas realizaba revisiones o reelaboraciones de sus trabajos. Ni siquiera se sabe cuándo ni cómo incorporó la perspectiva a su obra.

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