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Un pueblo digno de mejor suerte...

Haití, un pueblo digno de mejor suerte...

Resumen:

La comunidad internacional tiene una oportunidad, lamentable que haya sido en estas condiciones, para conocer de primera mano las condiciones en que sobreviven millones de seres humanos, fruto de siglos de explotación, expoliación, saqueos y de corrupción. Hoy se hace imperativo, que la ayuda, tantas veces reclamada, se haga presente.

Por:

EDGAR OMAR RAMIREZ READ

Haití reclamó durante años, y con ellos nosotros, que somos los recipientes directos de lo que allí suceda, la atención de la comunidad internacional. Nuestras voces no fueron escuchadas. Más bien, Haití y los que reclamaban atención para una Nación que se encontraba sufriendo de la más devastadora de las condiciones sociales y humanas, la pobreza extrema, fuimos dejado a la "buena de Dios", que es evidente no se inmiscuye mucho en los asuntos terrenales.

Vale decir, somos abandonados a la suerte, la cual nunca ha sido muy buena que digamos, por aquellos que tienen la posibilidad de ayudar y repartir parte de la riqueza que han obtenido además de su esfuerzo, a través del saqueo de nuestras naciones. Ese llamado grupo de los G-7, o el llamado G-20, debería hoy convertirse en los primeros en llevar la ayuda necesaria al hermano pueblo haitiano. Esperando que no intenten algunos, aprovechar la oportunidad para desarrollar los ya conocidos planes de unificación de nuestras naciones.

La comunidad internacional tiene una oportunidad, lamentable que haya sido en estas condiciones, para conocer de primera mano las condiciones en que sobreviven millones de seres humanos, fruto de siglos de explotación, expoliación, saqueos y de corrupción.

Hoy se hace imperativo, que la ayuda, tantas veces reclamada, se haga presente en el empobrecido vecino, que no para de sufrir, y que no contento de tener siglos golpeado por una clase política dominante irresponsable, corrupta y por una oligarquía financiera, empresarial y comercial, ahora ha sido golpeado también por la naturaleza, como si con los golpes anteriores no es suficiente.

Este terrible terremoto que ha hecho colapsar toda su precaria y débil infraestructura física, propia de los niveles de pobreza del país. Todo en el mundo tememos lo peor. Las víctimas, que se presumen incontables, hoy son incalculables. Imagino que un país con una falta de organización e institucionalidad que impide saber cuántos son sus vivos, debe ser impotente para determinar cuántos serán sus muertos frente a esta desgracia. Poco a poco nos vamos enterando y contando los extranjeros muertos, sin embargo, dudo mucho que algún día sepamos a cuantos ascienden las víctimas del terremoto.

Es conocido de todos, que este temblor sacudió no sólo la tierra y sus edificaciones, sino que ha estremecido los niveles de la sensibilidad de cada uno de los dominicanos, de los ciudadanos del mundo. Al menos la ayuda empieza a llegar. Se impone la solidaridad. Lástima que llegara el olor y dolor de la sangre, de la destrucción de la muerte para que, al fin, todos comprendamos que este "pueblo pobre y discapacitado", necesitaba de las prótesis que puede suministrar toda la comunidad internacional. En especial y de manera primigenia, aquellos que han tenido la oportunidad de extraer parte de las riquezas de esas tierras.

Como en otras ocasiones, sólo nos resta parafrasear que "no hay mal que por bien no venga" y que "nunca es más oscura la noche que cuando anochece"... Que dentro del vagón de las mercancías que trae este tren de la muerte y la destrucción, encontremos el equipaje lleno de esperanza y vida para un pueblo digno de mejor suerte. Que la solidaridad se haga presente con nuestros hermanos.

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